Monografía Boda del alma. La vida de Teresa de Ávila, por Keila Ochoa Harris

Enero 1, 1970



¿Dónde celebrar una boda? En una iglesia antigua, un jardín, la casa de los padres, un salón de fiestas, la playa, un castillo o una cabaña en el bosque. ¿Y qué tal un convento?

En los conventos se realizaron muchas bodas. Las novicias debían presentar sus votos y «casarse» con el Señor a quien servían el resto de sus vidas. Los novelistas favorecen a las monjas fugitivas que renunciaron a sus votos por amor a un hombre, pero la historia nos presenta a muchas siervas de Cristo que dedicaron sus vidas enteras a la meditación, la oración y el estudio bíblico.

Teresa de Cepeda y Ahumada, nacida en el centro de España en 1515, pasó sus primeros años rodeada de su familia, dedicada a los quehaceres propios de una joven de su edad. A los veintiuno, en contra de los deseos de su padre, tomó sus votos en el convento de la Encarnación en Ávila, ingresando a la orden de las carmelitas.

Este convento se caracterizaba por su laxitud. Las monjas podían conservar sus tesoros materiales, así como mantener contacto con las personas del exterior. Teresa aprovechó la libertad que se le ofrecía y, como ella misma diría años después, su vida espiritual se caracterizó por altos y bajos.

Una larga enfermedad la mantuvo tres años en cama, donde leyó los clásicos espirituales de la época, pero sin grandes resultados. Por cuarenta años navegó por el tumultuoso mar con tropiezos y victorias. Tal vez nada en ella, en ese momento, reflejaba la profundidad que conseguiría tiempo después.

Entonces un día, caminando por el pasillo del convento, sus ojos se posaron sobre la estatua de Cristo y la visión de su amor atravesó su corazón. Gentil, pero poderosamente, el Señor Jesús empezó a romper sus defensas y a mostrarle la causa de su cansancio espiritual: seguía amando los deleites del pecado. De inmediato, cortó lazos con su pasado y experimentó una especie de «segunda conversión».

Empezó a tener visiones místicas, aunque estas no duraban mucho. Y por el resto de su vida, consagró su vida al crecimiento espiritual y la renovación de los monasterios carmelitas. Su sueño era establecer conventos donde las mujeres jóvenes buscaran una vida de devoción. Escribió: «Quien no haya empezado la práctica de la oración, le ruego por el amor del Señor que no prescinda de tan grande bien. No hay en ello nada que temer, sino que desear.»

Convenció a Juan de la Cruz, otro místico de la era, a unirse en su trabajo por reformar los conventos carmelitas. Algunas de las características que le ayudaron a fundar catorce monasterios fueron: un don natural de liderazgo, tenacidad frente a la adversidad y un fino sentido del humor.

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© Keila Ochoa Harris

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Cristiana de Hoy: Rejuvenecerse como las águilas

Enero 1, 1970



«El Señor sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila.» Salmo 103:5

Asistiendo a la escuela dominical de pequeña, tuve que aprenderme el Salmo 103 de memoria; me llamaba la atención este versículo 5, y me llamaba la atención porque no lo entendía. ¿Qué quería decir eso de «rejuvenecerse como el águila»? ¿Cómo se rejuvenece un águila? Por más vueltas que le daba, no le encontraba explicación y terminé por pensar que no era más que una frase bonita, una imagen poética. Podía visualizar la majestuosidad del vuelo, aquellas enormes alas planeando bajo un cielo límpido y azul... Era ciertamente una visión preciosa.

Han pasado los años, y ahora que mi juventud es apenas un recuerdo y me enfrento a la realidad de que tengo que esforzarme cada día para hacer cosas que antes hacía con toda facilidad, la palabra «rejuvenecer» cobra un nuevo interés. No sólo porque mis fuerzas físicas van disminuyendo, sino porque me planteo si, desde el punto de vista espiritual también «envejecemos». A veces nos sentimos como si nos faltara el ánimo, la ilusión, e incluso las fuerzas para seguir adelante con nuestro testimonio, nuestras actividades, nuestros ministerios, y pienso que vendría muy bien una renovación, un rejuvenecimiento.

Recordé algo que ví en Internet hace un tiempo relacionado con las águilas que ha ido cobrando vigencia a causa de mis circunstancias actuales.

Parece ser, según han constatado estudiosos de estas aves, las águilas, que suelen vivir alrededor de 25 años. Al alcanzar esa edad, entran en una etapa en la que sus plumas comienzan a caerse, y su gastado pico ya no les sirve apenas para alimentarse. Llegado ese momento, las águilas pueden dejarse morir. No pueden luchar contra el frío de las cumbres durante el invierno, al estar desprotegidas por la pérdida de su plumaje, y también pueden morir de inanición porque ya no pueden servirse de su pico para conseguir su comida.
Pero hay otra opción. Algunas águilas (¡y espero que sean la mayoría!) elevan su vuelo, en un tremendo esfuerzo por su debilidad, hasta los picos más inaccesibles y solitarios, y allí se arrancan con el pico, una a una, las plumas que aún les quedan, y luego golpean su gastado pico contra las peñas hasta arrancárselo. Después, poco a poco, se va cubriendo de un nuevo plumaje, y un pico nuevo les vuelve a crecer.

No sé el tiempo que lleva ese proceso de rejuvenecimiento, pero lo que sí mencionan estos estudiosos de las aves, es que estas águilas pueden vivir otros 25 años más tras su renovación.

Este ejemplo de las águilas me ha proporcionado muchas aplicaciones útiles. Cuando nos sintamos débiles espiritualmente, no importan ni la edad ni las circunstancias, podemos «dejarnos morir», resignándonos (odiosa palabra) como si fuera algo natural que llega con el tiempo, o podemos optar por «alzar el vuelo», desechando nuestros gastados hábitos, y esperar hasta recibir nuevas fuerzas aunque durante la espera tengamos que pasar por una etapa de dolor y prueba. Merecerá la pena, porque saldremos rejuvenecidos y fortalecidos para continuar con nuestra labor.

Hay otro versículo que me ha ayudado en esta etapa de «descubrimiento de la vejez», y que tiene mucho que ver con lo arriba expuesto. Se trata del Salmo 92, versículos 12 a 15:

«El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.
Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán.
Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes,
Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto,
Y que en él no hay injusticia.»

Esta preciosa promesa es para mí; me la he apropiado. Como muchas promesas de la Palabra, tiene sus condiciones.

La primera condición, que yo veo implícita, es que para dar fruto como la palmera y crecer sana, debo estar «plantada en la casa de Dios», con todo lo que eso implica en cercanía y comunicación; y la segunda, es que hay un propósito para mantenerme vigorosa y sana, y es para que pueda anunciar a mi alrededor que el Señor, mi fortaleza, es recto y que no hay ninguna injusticia en Él.

Y si queremos recibir otra dosis de ánimo, está el pasaje de Isaías 40:29-31:
 

«El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas.
Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen:
Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas;
levantarán alas como las águilas;
correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán.»

Tenemos un Dios y Padre que nos ha creado, nos ha perdonado, nos sostiene, nos soporta y, cuando nos ve cansados y desanimados, nos da la oportunidad de renovarnos, de «rejuvenecernos como el águila»... ¡Gloria a Él!

Otra cosa que he aprendido con esta lección de las águilas, y que es tan importante como lo expuesto, es que en la Palabra de Dios no hay ni un solo versículo que no tenga significado. No hay «frases poéticas» per sé, ni bonito relleno, sino que cada expresión en la Palabra tiene su significado, aunque momentáneamente no lo entendamos, como me ocurrió a mí de niña con el versículo 5 del Salmo 103. Más tarde o más temprano, el Señor nos revelará el significado, y lo hará a su tiempo, cuando verdaderamente necesitemos entenderlo.
 

© Marta Arenzana

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Un cuento rosa (segunda parte)

Enero 1, 1970



(Segunda entrega de Un cuento rosa y El trato)

De niña, era feliz. Hasta que un día pensó que sería feliz por siempre cuando cambiara de año escolar. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera cuerpo de mujer. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando le sobraran amigos. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera novio. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando se casara. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando llegara el primer hijo.

Entonces alguien le propuso un trato. Ella lo consideró con atención, preguntándose si funcionaría. Aunque nada más la convencía. Le habían dicho que la felicidad no existía, que dejara de pensar en abstracto. ¿Pero podía aceptar esa propuesta cuando la sonrisa de su recién nacido le aceleraba el corazón? ¿No era eso felicidad?

Le enseñaron que dejara de pensar en el futuro y se concentrara en el presente. Pero no lograba frenar su imaginación cuando contemplaba a su hijo y a su hija correr tras un balón y los vislumbraba en un equipo profesional de fútbol. Alguien más la invitó a practicar la meditación. Le mostró cómo concentrarse para no crecer, pero resultó un fiasco. El espejo reflejaba las arrugas y las canas que se presentaban como parte del proceso.

Así que aceptó el trato. Y de modo increíble, su vida cambió.

Ya no pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos crecieran. Los niños simplemente se estiraron, maduraron y un día se marcharon. En el proceso hubo lágrimas, risas, pleitos y sueños rotos. Sin embargo, ella acudió a la cláusula de la presencia eterna del Creador. Y Él cumplió, nunca la dejó.

Hubo días en que volvió a frustrarse, cuando el nido se quedó vacío y esperaba a los nietos para consolarla. Nuevamente, Él no le falló y le plantó inquietudes que la movieron a dedicarse a los demás y a emprender nuevos proyectos de servicio social.

En ocasiones ella falló en su parte del convenio. Perdió confianza, no obedeció o se dejó cubrir por la fatalidad cuando su esposo murió. Pero Él la perdonó y siguió a su lado, siempre amándola y protegiéndola.

Finalmente, ella enfermó. En esos días, Él se mantuvo cariñoso y tierno, repitiéndole que pronto el trato se cerraría definitivamente y ella obtendría lo que siempre había deseado. Y un día despertó, no en su cama de hospital, sino en el cálido abrazo del Padre, quien conjuntó la felicidad y los sueños, el ser, el estar, el tener y el quehacer, en un solo instante de dicha y eternidad.

Y para ella, no fue un cuento, mucho menos rosa, sino una realidad.

© Keila Ochoa Harris



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Un cuento rosa

Enero 1, 1970



De niña, era feliz. Hasta que un día pensó que sería feliz por siempre cuando cambiara de año escolar. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera cuerpo de mujer. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando le sobraran amigos. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando tuviera novio.

Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando se casara. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando llegara el primer hijo. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos crecieran. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos se marcharan. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando los nietos vinieran.

Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando su esposo muriera. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando sus hijos la acogieran. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando ella muriera. Y luego pensó que sería feliz por siempre cuando supiera dónde iría después de la muerte. Y así murió, sin alcanzar lo que siempre había buscado.

¿En qué se equivocó? ¿En querer ser feliz? Aún cuando existen muchas definiciones de felicidad, ninguna la convenció, pero se dejó inspirar por los ejemplos prácticos que le hablaban de ella:

El reposo después de una abundante comida, el relajamiento de un baño de burbujas, la liberación al cantar a viva voz, las risas compartidas con un ser querido, el abrazo de un hijo, la calma después de una tormenta, la paz de una noche estrellada, el silencio debajo del agua, la brisa del mar en quietud y otras más.

Ella buscaba felicidad. No había nada de malo en ello.

Entonces, ¿en qué se equivocó? ¿En anhelar algo mejor? El ser humano por naturaleza sueña. Siempre pone sus ojos en el mañana y lucha por obtener el futuro que su corazón le dicta.

Ese deseo es la chispa que lleva a la humanidad a crear, a investigar, a luchar, a defender, a inventar, a proponer, a escribir, a pintar, a componer, a tocar, a hablar, a construir, o a formar; y sin esto, no habría avances tecnológicos, ni descubrimientos científicos, ni arte.

En ella anidaban multitud de anhelos. No había nada de malo en ello.

Entonces, ¿en qué se equivocó? ¿En crecer? Nadie puede detener el paso de los segundos, mucho menos de las etapas de la vida. Crecer es inevitable.

La semilla debe crecer para volverse planta. El cachorro debe crecer para valerse por sí mismo. El bebé debe crecer para volverse hombre. De hecho, algo mágico le había sucedido en la infancia, donde la felicidad y el anhelo se entrelazaron, protegidos por la seguridad del hogar, el amor de sus padres y la inocencia de la niñez.

Ella creció irremediablemente. No había nada de malo en ello.

Entonces, ¿en qué se equivocó?

¿Será que rechazó una gran oportunidad? Pues en un momento dado, alguien le propuso un trato. Pero ella lo consideró un cuento rosa, una solución demasiado simplista. Así que la descartó y prefirió no experimentar. ¿Habría sido su vida diferente si lo hubiera aceptado?

(Continúa en El trato.)

© Keila Ochoa Harris

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La búsqueda del tesoro: cómo contagiar el gozo de estudiar la Biblia

Enero 1, 1970



¿Qué se puede hacer para que la mujer que estudia la Biblia contigo se deleite en hacerlo?

Dejar que ella excave, trabaje, y encuentre las joyas.

Permitir que la alumna enseñe a la maestra no es un método común de discipulado. Más bien, preferimos usar cuadernos con lecciones que casi no tenemos que preparar. O tal vez hemos mamado la noción de «sentarnos a los pies del maestro», así que ni siquiera nos planteamos seguir otro procedimiento.

¿Nuestro discipulado sofoca la búsqueda?

Sin embargo, no hay manera más rápida de enterrar el gozo, sofocar el anhelo, hacerla perder los ánimos que explicárselo todo. Para que la discípula se realice plenamente, es necesario que la maestra calle, y que la deje exponer todos los tesoros que ha encontrado recientemente.

Generalmente, las mujeres que sólo escuchan lo que otros han aprendido acerca de la Biblia no se entusiasman por estudiarla por su cuenta. Permanecen sentadas con los ojos fijos en la maestra, intentando concentrarse. Sin embargo, su mirada distante revela que sus pensamientos están lejos del tema. Sus corazones quieren aprender lo que la maestra está enseñando, pero sus mentes se desvían con facilidad. El método de la maestra no ha ganado a su alumna; más bien está apagando su deseo de estudiar la Biblia.

Reconozco que muchas veces me gustaría ser quien enseña y que la discípula sencillamente me escuche exponer la lección. Sin embargo, como maestra tengo que aprender a no ser la que siempre habla y a dejar que mi alumna me enseñe qué ha sacado de su estudio de la Biblia en esa semana.

Cómo hacer un discipulado invertido

No es cuestión de dejar a la discípula sin rumbo. Le doy de antemano el método que hay que seguir para hacer el estudio, explicándolo en detalle, dándole ejemplos de mi propio estudio. Le doy un mapa, instrucciones a seguir.

Una de nuestras metas debe ser llegar a tesoros más profundos. Me pregunto si exigimos lo suficiente cuando estudiamos la Palabra de Dios. Por ejemplo, a veces ni se nos cruza por la cabeza que podemos buscar el significado de las palabras en los idiomas originales del texto bíblico. O ni soñamos con sacar principios del texto bíblico. Sin embargo, si tenemos herramientas eficaces, podemos aprender a sacar tesoros de la Palabra de Dios. Podemos encontrar tesoros más profundos de las siguientes maneras:

  • simplemente estar quietas meditando y orando sobre el texto,
  • buscar versículos que tengan que ver con el texto en una concordancia bíblica,
  • consultar un diccionario o un buen comentario bíblico,
  • utilizar un buen programa de ordenador sobre la Biblia.

Usando estas herramientas, tanto la maestra como la alumna pueden preparar el estudio entre semana, siguiendo el método que la maestra ya haya establecido.

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© Connie M. Clark

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Cómo hacer un estudio bíblico inductivo

Enero 1, 1970



En numerosas ocasiones nos acercamos a la Biblia sin saber realmente cómo leerla, por dónde empezar, cómo aplicarla… Nos conformamos con recibir lo que otros elaboran pero no nos acercamos a las Escrituras siendo conscientes que somos capaces por nosotras mismas de descubrir y redescubrir verdaderos tesoros para nuestras vidas.

La Biblia es un regalo, y puesto que somos privilegiadas por poderla adquirir y leer libremente, merece la pena que la exprimamos al máximo. Fue escrita para que cada uno pudiera estudiarla, investigarla y sacar sus propias conclusiones. Somos capaces de aprender por nosotras mismas mucho más de lo que a veces pensamos.

Aún con todo, lo cierto es que muchas veces la leemos pero no hemos aprendido cómo estudiarla. Las pautas que a continuación se ofrecen, son sólo un modelo, una guía que pueden ayudarte a descubrir la Biblia desde una perspectiva nueva y muy enriquecedora.

A fin de poder leer la Biblia con entendimiento, debes responder a tres preguntas básicas:

  • ¿Qué es lo que dice la Biblia? OBSERVACIÓN

  • ¿Qué es lo que quiere decir la Biblia? INTERPRETACIÓN

  • ¿Qué es lo que me quiere decir la Biblia a mí? APLICACIÓN

10 pautas para hacer un estudio bíblico inductivo

 

1. Ora.

Si pretendes estudiar la Biblia sin contar con el Señor, éste no tendrá ningún valor espiritual. Ora por ti misma para que Dios te ayude a entender y a aplicar el pasaje a tu propia vida, y para que Dios te llene de su Espíritu.

2. Sitúa el texto en su contexto.

Lo ideal es leer el libro entero o situar el texto en el libro. Define la forma literaria: histórico narrativo, ensayo o tratado teológico, carta personal, carta pública, poesía, parábola, sermón, profecía, alegoría.

3. Lee el pasaje varias veces.

Puedes leer en diferentes versiones o traducciones. Puedes leer también las referencias al Nuevo Testamento (NT) y al Antiguo Testamento (AT) que se hacen del texto. Busca las palabras que no entiendes en el diccionario.

4. Define la idea principal del texto.

Puedes ponerle un título al texto – un título contemporáneo que exprese la idea central.

5. Divide el texto en diferentes párrafos.

Pon un título a cada párrafo, mostrando la relación que existe entre cada título de cada párrafo y el título principal del texto. Fíjate en la progresión de ideas (estructura del texto), compara las ideas y descubre si hay un significado especial en el orden. ¿Las ideas se dirigen hacia un clímax?

6. Busca las palabras clave del texto.

Éstas son aquellas palabras que piensas que son importantes en el texto. Algunas veces las palabras que se repiten te darán la clave.

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© Ruth Lorente



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El secreto de la parra

Enero 1, 1970



Cuando mi marido, Ricardo, se sentó a la mesa a desayunar el tres de abril de 2003, no estaba pensando, «¡Hoy voy a morir!» Sin embargo, a las 19:30 sufriría un infarto que le llevaría directamente a la presencia su Señor y Juez.

«Ah, fue mucho mejor que muriera de esa manera, en vez de haberse quedado durante meses sufriendo de una enfermedad horrible», muchos me comentaron después.

La muerte – ¿había llevado a Ricardo al tormento o al paraíso? Todo el mundo dio por sentado que Ricardo había ido al paraíso porque había sido muy buena persona, como todos.

En realidad, si nuestro destino después de la muerte fuera tan fácil o seguro, no tendríamos que preocuparnos nunca por el tema.

Sin embargo, haríamos bien en preguntarnos, ¿fue Ricardo realmente tan buena persona como para garantizarle felicidad eterna? En general, la opinión es que sí, puesto que casi todos podemos alcanzar el nivel de «buena persona» que ponemos. Así llegamos a conclusiones como la de una amiga mía: «De verdad, Dios tendrá que acordarse de mí, porque he sido buena».

Vivo en un pueblo muy agradable. Cada mañana los vecinos se saludan. Se ayudan mutuamente con las tareas del día a día. Muchas veces me han regalado una bolsa de verduras o de fruta, productos de sus propios huertos. Ellos me han cuidado la huerta, podado los árboles, arreglado las goteras, vigilado como viuda, y todo esto sin buscar recompensa. Es gente buena.

Sin embargo, ¿podemos dar por sentado que les espera un final feliz? ¿Es posible que Dios sea tan cruel como para no tomar en cuenta la bondad de personas como éstas cuando decide si van al Cielo o no?

Según la Biblia, hay una respuesta definitiva. Permíteme usar una historia que ilustra muy bien esa respuesta.

Durante el verano, disfruto comiendo muchos domingos en casa de unos amigos. Comemos fuera, con la mesa puesta debajo de una enorme parra repleta de magníficos racimos de uvas. La parra, sujetada por hierros por su gran tamaño y peso, nos da sombra en el verano y con su abundancia de uvas brinda una belleza a todo lo que la rodea.

La parra es hermosa. «¡Qué uvas más ricas!» exclamamos al saborearlas. Y mirando la abundante fruta producida por la parra, pienso en la gente buena haciendo tantas cosas buenas a lo largo de sus vidas. Son como la parra buena; sus racimos son sus buenas obras.

Un día mis amigos decidieron indagar en la fuente que alimentaba la parra.

«¿De dónde sacará su fuerza?» se preguntaban.

Lo que descubrieron nos asombró a todos. ¡Las raíces de la parra habían encontrado el pozo negro de la casa!

Uvas hermosas – ¡sí! – pero ¡de una fosa séptica completamente contaminada!

Nuestro fruto como seres humanos, o las cosas buenas que hacemos, no es distinto. Hacemos muchas cosas buenas. Sin embargo, aunque no siempre es aparente, hay una mancha que lo cubre todo, una mancha que viene de lo más hondo. Las buenas obras de los seres humanos están contaminadas por su fuente.

Sin una vida nueva en Cristo, nuestra fuente es el pozo negro de nuestra propia naturaleza humana. La plaga del pecado, heredada de los primeros humanos que jamás vivieron, contamina a cada persona desde el momento de su concepción.

De la misma manera que las hermosas uvas de esta parra son incapaces de mejorar o limpiar la fosa séptica (su fuente de energía), hacer el bien no puede mejorar la fuente contaminada – el pecado de raíz – de cada ser humano.

Sin embargo, hay una solución. El Señor Jesucristo nos dice, «Ven a mí. Yo soy la solución. Déjame rescatarte de la contaminación que plaga tu vida, y darte una nueva fuente de fuerza – ¡yo mismo! Entonces tus raíces sacarán sus fuerzas de mí y de mi limpieza absoluta.»

Puedo decir con seguridad que fue la misericordia de Dios lo que permitió que Ricardo muriera de un infarto fulminante, simplemente porque el destino eterno de Ricardo ya estaba seguro. Ricardo había tomado la decisión de confiar plenamente en el Señor Jesucristo como su pago total por su falta de perfección delante de Dios. La Biblia nos dice que el regalo de Dios es vida eterna a cualquiera que deposite su plena confianza en el Señor Jesucristo como su único sustituto en pago de su falta de perfección delante de Dios.

¿Has pedido al Señor Jesucristo que te haga nueva a través de su pago por tu contaminación? ¿O tus buenas obras todavía tienen su origen en el pozo negro que te ha infectado desde tu concepción?

No des por sentado tu destino eterno, y asegúrate de saber hacia dónde te diriges. Deja que el Señor Jesucristo te dé una nueva fuente interior, ya que sólo así podrás producir «uvas sin contaminación» – las buenas obras auténticas.
 

© Connie M. Clark



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