“Relámpago” Celestial
Agosto 5, 2008
"No está tu laptop, Emanuel," me dijo mi Papá. No lo podía creer. Estábamos en una camioneta de camino al aeropuerto, y aún no sé si fue por mi culpa o por la del botones (tal vez ambos), mi computadora se había quedado en el hotel. Le dijimos al chofer, quien dio la media vuelta y aceleró.
En el camino, súbitamente el chofer dijo: "¡No puede ser! ¡Yo también dejé algo en el hotel!" Nos explicó que la tablita en la que tiene su itinerario debe estar encima del cenicero, olvidada. "Y no solo eso, sino que tengo un cupón que debo canjear para mi jefa, ¡y es de mil quinientos pesos!"
Ese fue el comentario que comenzó todo, pues de allí en delante, el chofer comenzó una especie de catársis con nosotros. Nos contó todo sobre su mal sueldo y la horrible jefa--un horrible tirano con un genio demoniaco--para quien él trabajaba.
"Llevo diez dias sin descanso," nos dice. "La patrona nos dijo, 'Hay que aprovechar ahora que hay mucha clientela', pero ¡la que se aprovecha es ella! ¡No nos paga nada y ella se hace rica!"
Yo iba dos asientos justo atrás del chofer, escuchando sus lamentos, un poco extrañado por su comportamiento, con ganas de decirle que la vida es difícil y que no gana nada con quejarse, en especial con nosotros. Voltéo a la ventana de la derecha y admiro un poco el campo de golf que estamos pasando, cuando repentinamente suceden varias cosas al mismo tiempo.
Una, se escucha un sonido sordo, un crlap que retumba en la camioneta. Dos, justo en frente del chofer, en el parabrisas, se materializa una extraña telaraña. Tres, en reacción a los puntos uno y dos, el chofer salta un poco y la camioneta a penas y vira a derecha e izquierda.
Lo primero que pensé fue: alguien nos lanzó una piedra. Pero entonces mi Papá dice acertadamente: "¡Fue una pelota de golf! ¡Nos pegó una bola de golf!". Era cierto. Algún golfista con pésimo tiro lanzó una bola a toda velocidad que vino y golpeó nuestro parabrisas exactamente en frente del chofer, formando una orbe central con muchas ondas cristalinas esparciéndose hacia afuera.
Minutos después seguimos nuestro camino, yo completamente sorprendido por lo sucedido, y tratando de evitar la sonrisa en mi rostro, porque no con frecuencia veo este tipo de extraña coincidencia, esta especie de ironía celestial.

Por poco y le digo al chofer, "Haber, ya deje de quejarse porque capaz y nos chocan". Pero gracias a Dios llegamos con bien al aeropuerto y aterrizamos sin problemas en nuestra ciudad.
¿Y del chofer? No tengo la menor idea. Pero espero que le sirva de lección. Con quejarse uno no gana nada. O bueno, sólo pelotazos en el parabrizas.
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¿Cón el pié izquierdo?
Febrero 8, 2008
El día de ayer decidí que, antes de ir al trabajo, me tomaría media hora en la mañana para disfrutar de un café y leer un poco. Así que hice los planes necesarios. Primero, me cercioré del horario del Café de la universidad. Lo chequé: «Abierto-7:30 am». Jeje. Peerfeectoo.
Puse mi despertador a las 6:30 de la madrugada, y efectivamente, me despertó a esa hora. Debatí por cinco minutos la locura que estaba por hacer. Podía cerrar los ojos y disfrutar de media hora más de sueño... no. ¡No! Me levanté, me bañé, me cambié, preparé mi mochila, y salí a mi encomienda.
Temperatura: unos cinco grados centígrados. Un cafecito no me caería nada mal (aparte, uno necesita la cafeína). Llegué al Café y caminé al mostrador.
Algunos de ustedes saben que mi experiencia en cuanto al café es bastante limitada. Osea, dicho de otra forma, no sé nada de café (con decir que la semana pasada aprendí a hacer café instantáneo usando una cafetera... ¡qué vergüenza!). Haberme levantado media hora más temprano de lo normal ameritaba tomar algo más que un simple y sencillo café. Gastaría uno o dos dólares más que lo de costumbre. Miré el menú pegado a la pared, por encima del mostrador, y seguramente mi cara reflejaba total confusión. La variedad era impresionante.
Expressos: Lattes, Capuchino, Breves, Americano, Expresso; Frozen: Coffee, Mocha, Chan; Specialty: Chai Tea, Machiato, Cafe Mocha, Steamer... la lista parecía ser interminable.
«Pero qué rayos», pensé. «¿Y cómo se supone que un ser humano puede saber qué quieren decir todas esas cosas? ¿Cual es la diferencia? ¿Habrá alguna? Tal vez todo es lo mismo y el precio varía para hacernos tontos a todos los clientes. Hmm...»
Terminé por hacer dos o tres preguntas claves a la muchacha detrás de la caja, y finalmente me decidí por un Capuchino porque he escuchado ese nombre antes. Me compré una galleta con chispas de chocolate, y me senté en una esquina, con mi Capuchino en mano, listo para disfrutar de una mañana de tranquilidad.
Abrí mi libro, y con una media sonrisa dibujada en mis labios le di un buen sorbo al café. Cuando el líquido pasó por mi garganta, estuve a punto de gritar. No solamente porque sentí que acababa de pasar lava ardiente, sino porque el sabor era horroroso. Por poco y escupo esa pócima, ese brebaje preparado con el único fin de destruir mis cuerdas vocales para siempre-- pero resistí el impulso. Me levanté, entré al baño, y tomé agua fría de la llave. Creo que salió humo de mi garganta.
Salí, tomé dos paquetes de azúcar, y los vertí sobre ese líquido color café que estaba dentro de mi taza. Meneé con fuerza para contrarrestar el amargo sabor, y después de soplarle como si fuera una sopa instantánea, me llevé la taza a la boca, con manos temblorosas, listo para quemar mi garganta por segunda ocasión.
Gulp. Hey, nada mal. Ya con azucarcito es mejor. Perfecto. Ahora sí, a leer. Justo en eso se abre la puerta y entran dos señores, vestidos en jeans y camisas cuadriculadas, y uno de ellos cargando una escalera de aluminio color rojo.
"¡Buenos días!" grita. "Venimos a reparar las luces. Pero primero necesitamos que las apaguen para que no nos de un shock de electricidad o algo." Las luces se apagan. Por fortuna hay una especie de lámpara que me da suficiente luz para diferenciar las letras de mi libro.
Seguí tomando de mi café, tratando de ignorar la divertida y amena plática de los dos señores, hasta que finalmente se van después de reparar una luz. ("¡La primera tarea completada del día!" grita el sr. Escalera Roja antes de irse).
Ahora, yo no sé cómo preparan el Capuchino. Lo único que sé es que para cuando llevaba la mitad, sentía que todo mi cuerpo temblaba un poco. Mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza después de haber sido asustada. "¿Podré dormir en la noche?" me dije a mi mismo. "¡Y apenas son las 6:45!"
Vaya forma de comenzar el día. "Tal vez me levanté con el pié izquierdo". Pero luego pensé en lo absurdo de ese pensamiento. ¿Y si yo fuera zurdo? Ese comentario lo encontraba bastante discriminatorio.
Entonces decidí que no, no iba a dejar que circunstancias ajenas a mí afectaran mi comportamiento por el resto del día. No importa con qué pié me levante. No importa si un café quema mi garganta y destruye mi sentido del gusto para siempre (o al menos por el resto del día). No importa si dos señores arruinan la tranquilidad de mi mañana. Eso no importa.
Así que, cinco minutos antes de las ocho (suficiente tiempo para correr a mi trabajo), me levanté, le di las gracias a la muchacha por prepararme el brebaje ese (creo que lo dije de otra manera más correcta), y salí a la fresca mañana, dispuesto a conquistar el día.
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Vacaciones
Diciembre 8, 2007
La semana pasada estaba tomándome un chocolate caliente junto con mi amigo P, un muy buen amigo mío méxico-coreano (él nació en México pero sus papás son coreanos, maestros de artes marciales) afuera del Café de la Universidad cuando llegó Al, otro amigo mío (de China) con una cara algo preocupada. Se sentó con nosotros y me preguntó, “Entonces, Emanuel, ¿vas a cambiar tu vuelo a este viernes?”
Yo le di un sorbo a mi chocolate con cuidado de no quemarme la lengua (como me sucede a menudo), traté de procesar la pregunta que acababa de escuchar, fruncí el ceño, y contesté: “No sé de qué me hablas. ¿Por qué voy a cambiar mi vuelo a este viernes si las vacaciones son hasta el jueves de la próxima semana?” Al casi gritó: “¿Qué? ¿No te has enterado? ¡Adelantaron las vacaciones para este viernes! ¡Nos adelantaron las vacaciones una semana!”
Tengo que admitir que como Al tiende a ser muy bromista, me tomó mucho tiempo en creerle. Mi amigo P decidió checar su e-mail y entonces supimos que sí, era verdad. La razón de que nos dejaran salir es porque hubo una epidemia de Pertussis en la Universidad. La Pertussis es como una gripa fuerte que puede llegar a ser fatal para niños pequeños y ancianos. Así que para evitar que se contagiara toda la Universidad, nos dejaron salir una semana antes.
Eso sí, todos los alumnos entramos en pánico porque al adelantar la salida, también se adelantaron los exámenes finales. Yo pensé que era el fin del mundo. ¡Cómo rayos voy a estudiar para mis exámenes! ¡Nos quitaron siete días de estudio! ¡168 horas! ¡10, 080 minutos!
Por fortuna la mayoría de los maestros acortaron los exámenes, y algunos hasta los cancelaron. Nada mal, nada mal.
Y entonces, el día de ayer llegué aquí a México, después de pasar todo el día volando dentro de pájaros metálicos. ¡México lindo y querido!
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Shazam
Noviembre 7, 2007
Es para mi un placer anunciar (¿presumir?) que mi cuento sacó una "A" en la clase de taller literario. Sinceramente no me lo esperaba, ya que la maestra es bastante exigente. Así que cuando vi la calificación (en la comodidad de mi cuarto), no pude evitar dar un grito y un salto.
Un grito no tan fuerte como parecer un maniaco, ni tan leve, para no dar la impresión de que la calificación no me importó. El salto fue normal; ni tan alto como para golpearme en el techo y deformar la parte de arriba de mi cabeza (y arruinar el techo, de paso), ni tan bajo como para que pareciera que había tenido algún tipo de disfunción muscular en las piernas.
La cosa es que saqué una "A", y eso es lo importante. La historia se llama "El Mago", y se desarrolla en un crucero. Básicamente trata de un malabarista ruso que ya está algo grande de edad y tiene a cargo el show principal de la noche en el teatro principal del barco. Pero todo comienza cuando llega a bordo un mago, joven y talentoso, que amenaza con quitarle su trabajo.
Es interesante que la idea para este cuento no se originó de la forma en que normalmente comienzan mis historias. Casi siempre todo comienza con una imagen o series de imágenes. La última novela (corta) que escribí comenzó con la siguiente imagen: un niño sentado debajo de un árbol, algo asustado por la inesperada aparición de un pequeño ser: un elfo. Y de allí surgen las siguientes preguntas: ¿Quién es el niño? ¿Qué esta haciendo debajo de un árbol? ¿Quién es el elfo? ¿Es bueno, o malo? Y entonces comencé a teclear, y cincuenta mil palabras más tarde, ¡listo! Cuento terminado.
Pero en esta ocasión fue diferente. La historia comenzó con un "¿Qué Pasaría?". ¿Qué pasaría si el trabajo de un malabarista se ve amenazado por un joven mago?
Acerca de la locación—el crucero—pues lo que pasa es que este verano viajé en uno. Así que tenía a mi alcance información de primera mano, gracias a que por una semana observé algunas cositas que se filtraron a la historia.
Y ¿por qué un mago? Muchos de ustedes saben que me gustan las ilusiones, así que pude brindar un poco de "experiencia" a las escenas en donde el mago ejecutaba sus números mágicos. De hecho, mi parte favorita del cuento es cuando el mago hace un truco bastante simple y a la vez increíble en frente de varios artistas del barco.
Así que espero poner el cuento aquí en el blog pronto. Tengo que editarlo (la maestra me dio una hoja y media de comentarios) y traducirlo al Español. Ya ustedes decidirán si merecía la buena nota o no.
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Hermosa Tecnología
Octubre 23, 2007
El Dr. J mira con intensidad la pantalla de la computadora frente a él. Su ceño se frunce lentamente, sus blancas cejas se acercan la una a la otra, juntándose cada vez más hasta casi formar una línea horizontal. El puente de su nariz aguileña se arruga un poco, y sus labios se arquean ligeramente hacia abajo. Yo, sentado en mi banco, sé perfectamente la situación. La computadora no está funcionando de nuevo, pienso.
La clase de Teorías de la Comunicación es una de las más difíciles de mi carrera. El Dr. J es un maestro excelente; tiene muchos años enseñando diferentes materias de comunicación, así que es un profesor muy reconocido en el cámpus.
Debo decir que es algo excéntrico. De complexión delgada, con lentes grandes y un cabello blanco perfectamente bien peinado. Sus pantalones están sujetos no con un cinto, sino con tirantes de piel. Siempre viste de traje, normalmente gris y cuadriculado, con zapatos cafés y algo viejos. Pero lo que lo distingue de todos los demás maestros de la universidad es que no usa corbata... usa moño. Y se enorgullece de ello.
No sé si el Dr. J odia la tecnología, o la tecnología a él, el asunto es que con regularidad tengo que aguantarme la risa en clase porque por alguna razón, casi siempre hay dificultades técnicas ya sea con la laptop o el retroproyector.
Por lo general la primera reacción del Profesor es fruncir el ceño. Da unos cuantos clicks más, mira hacia la pantalla en la pared, mira al retroproyector que se rehúsa a mandar la imagen, y regresa su mirada a la computadora. Click, click, click. Nada. Menea la cabeza en frustración y comienza a murmurar. «Estás jugando conmigo, ¿no? No puede ser, esto es increíble...».
Al final levanta de nuevo las manos y dice: "¡No lo puedo creer! ¿Qué le pasa a esta cosa? ¿Quién me la desconfiguró otra ves?". Es allí cuando uno de nosotros levanta la mano, hace una sugerencia, y dos minutos después algo mágico sucede y todo el equipo cobra vida.
Y así, después de que el Dr. J nos echa una mirada que refleja una mezcla de frustración, diversión y vergüenza (probablemente nota las sonrisas de todos nosotros), comienza a dar la clase.
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