Cómo quemarse en la obra
Enero 1, 1970
¡Más veloz que una bala! ¡Más potente que una locomotora! ¡Capaz de
saltar elevados edificios de un solo salto! Mira, arriba en el cielo – ¿Es un
pájaro? ¿Es un avión? No, es… ¡Superobrera!
Pero esta superhéroe no viene del planeta Krypton como Superman. La podemos
encontrar en cualquier iglesia o en cualquier ministerio paraeclesial: una joven
mujer que se lanza como un cohete, con toda ilusión, esfuerzo, y una buena dosis
de idealismo a servir a Dios de todas las maneras posibles. Vuela de una
necesidad a otra, involucrada hasta las cejas en una ONG cristiana, en el grupo
de adolescentes, en discipulados con cuatro nuevas creyentes por separado, en
las actividades evangelísticas en un hogar de ancianos, y en organizar
campamentos para niños, todo sin perderse ni una reunión en la iglesia.
Superobrera se siente más viva que nunca, y su fe y ejemplo inspiran a los demás.
Lo que ocurre, sin embargo, es que Superobrera en realidad no es una mujer de
acero, aunque a veces lo parezca. Si no cuida bien de su trayectoria, perderá
altura y potencia y acabará por lo suelos.
Por ejemplo, con cada compromiso nuevo que adquiere, puede estar en todo y en
nada a la vez. Sus tiempos de oración escasean. Se convierte en una experta en
reciclar material y deja de beber de su fuente vital de inspiración, el mismo
Señor Jesucristo. Sus familiares y amigos se quejan – y esta vez sin exagerar –
de que ya no la ven nunca. Las dificultades, los contratiempos, la crítica, y el
cansancio físico le provocan un desánimo y negativismo diario. Pierde el rumbo.
Se intenta consolar con frases célebres como «la fatiga es el precio del
liderazgo» (J. Oswald Sanders) o «yo mismo me gastaré del todo por amor de
vuestras almas» (el apóstol Pablo) – pero en el fondo sabe que algo no marcha
bien. Su super «S» empieza a perder color.
Como un cohete, Superobrera ha estallado en su punto álgido y ahora cae vacía,
chamuscada y sin brillo, a tierra. Sin querer, Superobrera ha seguido los 10
mandamientos de una trayectoria en la obra brillante pero fugaz:
1. Tendrás otros dioses delante de Dios:
tus ministerios, la aprobación o las opiniones de la gente, el sentirte indispensable, tu lógica, tus propias fuerzas, el éxito (ya se mida con conversiones, número de niños en la escuela dominical, etc.)… Deja que la obra en sí reemplace a Jesús en el trono de tu vida. Como escribió Oswald Chambers, un profesor de Biblia de principios del siglo XX: «Hoy, ser fiel a Jesucristo es lo más difícil que intentamos hacer. Seremos fieles a nuestro trabajo, a servir a los demás, o a cualquier otra cosa, sólo que no nos pidáis que seamos fieles a Jesucristo…Nuestro Señor es destronado más deliberadamente por obreros cristianos que por el mundo. Tratamos a Dios como si fuera una máquina diseñada sólo para bendecirnos, y pensamos en Jesús como tan sólo uno más de sus obreros».
2. Harás del activismo un ídolo.
Sin reflexión ni prioridades claras, dirás «sí» a toda petición que te propongan, a todo ministerio que te ofrezcan – da igual si tiene que ver con tus dones o no. Así evitarás el corte de decir que no, te cuidarás para que los demás no piensen que eres poco espiritual, y rescatarás al mundo, pues, visto objetivamente, no hay nadie más que pueda hacerlo como tú. Como dice un misionero en México, mantendrás «una mentalidad de todopoderosa envuelta en una capa de humildad».
3. Tomarás tu tiempo con el Señor a la ligera.
Reducirás tu tiempo con Dios a unos 10 minutos apresurados diarios, porque, ya sabes, «a Dios rogando pero con el mazo dando». Puedes orar mientras trabajas, pero eso de apartarse ante el Señor es de perezosos. Las largas y tranquilas charlas del primer amor las sustituirás por oraciones sms de emergencia y conveniencia, y para evitar cualquier carga de conciencia, ignorarás el capítulo 15 de Juan.
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©
Elizabeth Clark Wickham
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