El secreto de la parra
Enero 1, 1970
Cuando mi marido, Ricardo, se sentó a la mesa a desayunar el tres de
abril de 2003, no estaba pensando, «¡Hoy voy a morir!» Sin embargo, a
las 19:30 sufriría un infarto que le llevaría directamente a la presencia su
Señor y Juez.
«Ah, fue mucho mejor que muriera de esa manera, en vez de haberse quedado
durante meses sufriendo de una enfermedad horrible», muchos me comentaron
después.
La muerte – ¿había llevado a Ricardo al tormento o al paraíso? Todo el mundo dio
por sentado que Ricardo había ido al paraíso porque había sido muy buena
persona, como todos.
En realidad, si nuestro destino después de la muerte fuera tan fácil o seguro,
no tendríamos que preocuparnos nunca por el tema.
Sin embargo, haríamos bien en preguntarnos, ¿fue Ricardo realmente tan buena
persona como para garantizarle felicidad eterna? En general, la opinión es
que sí, puesto que casi todos podemos alcanzar el nivel de «buena persona» que
ponemos. Así llegamos a conclusiones como la de una amiga mía: «De verdad, Dios
tendrá que acordarse de mí, porque he sido buena».
Vivo en un pueblo muy agradable. Cada mañana los vecinos se saludan. Se ayudan
mutuamente con las tareas del día a día. Muchas veces me han regalado una bolsa
de verduras o de fruta, productos de sus propios huertos. Ellos me han cuidado
la huerta, podado los árboles, arreglado las goteras, vigilado como viuda, y
todo esto sin buscar recompensa. Es gente buena.
Sin embargo, ¿podemos dar por sentado que les espera un final feliz? ¿Es posible
que Dios sea tan cruel como para no tomar en cuenta la bondad de personas como
éstas cuando decide si van al Cielo o no?
Según la Biblia, hay una respuesta definitiva. Permíteme usar una
historia que ilustra muy bien esa respuesta.
Durante el verano, disfruto comiendo muchos domingos en casa de unos amigos.
Comemos fuera, con la mesa puesta debajo de una enorme parra repleta de
magníficos racimos de uvas. La parra, sujetada por hierros por su gran tamaño y
peso, nos da sombra en el verano y con su abundancia de uvas brinda una belleza
a todo lo que la rodea.
La parra es hermosa. «¡Qué uvas más ricas!» exclamamos al saborearlas. Y mirando
la abundante fruta producida por la parra, pienso en la gente buena haciendo
tantas cosas buenas a lo largo de sus vidas. Son como la parra buena; sus
racimos son sus buenas obras.
Un día mis amigos decidieron indagar en la fuente que alimentaba la parra.
«¿De dónde sacará su fuerza?» se preguntaban.
Lo que descubrieron nos asombró a todos. ¡Las raíces de la parra habían
encontrado el pozo negro de la casa!
Uvas hermosas – ¡sí! – pero ¡de una fosa séptica completamente contaminada!
Nuestro fruto como seres humanos, o las cosas buenas que hacemos, no es distinto.
Hacemos muchas cosas buenas. Sin embargo, aunque no siempre es aparente, hay una
mancha que lo cubre todo, una mancha que viene de lo más hondo. Las buenas obras
de los seres humanos están contaminadas por su fuente.
Sin una vida nueva en Cristo, nuestra fuente es el pozo negro de nuestra
propia naturaleza humana. La plaga del pecado, heredada de los primeros
humanos que jamás vivieron, contamina a cada persona desde el momento de su
concepción.
De la misma manera que las hermosas uvas de esta parra son incapaces de mejorar
o limpiar la fosa séptica (su fuente de energía), hacer el bien no puede
mejorar la fuente contaminada – el pecado de raíz – de cada ser humano.
Sin embargo, hay una solución. El Señor Jesucristo nos dice, «Ven a mí. Yo
soy la solución. Déjame rescatarte de la contaminación que plaga tu vida, y
darte una nueva fuente de fuerza – ¡yo mismo! Entonces tus raíces sacarán sus
fuerzas de mí y de mi limpieza absoluta.»
Puedo decir con seguridad que fue la misericordia de Dios lo que permitió que
Ricardo muriera de un infarto fulminante, simplemente porque el destino eterno
de Ricardo ya estaba seguro. Ricardo había tomado la decisión de confiar
plenamente en el Señor Jesucristo como su pago total por su falta de perfección
delante de Dios. La Biblia nos dice que el regalo de Dios es vida eterna a
cualquiera que deposite su plena confianza en el Señor Jesucristo como su único
sustituto en pago de su falta de perfección delante de Dios.
¿Has pedido al Señor Jesucristo que te haga nueva a través de su pago por tu
contaminación? ¿O tus buenas obras todavía tienen su origen en el pozo negro que
te ha infectado desde tu concepción?
No des por sentado tu destino eterno, y asegúrate de saber hacia dónde te
diriges. Deja que el Señor Jesucristo te dé una nueva fuente interior, ya que
sólo así podrás producir «uvas sin contaminación» – las buenas obras auténticas.
©
Connie M. Clark
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